miércoles 08 de agosto, 2007

Derrotando el Propósito de la Sindicación

A través del blog de Rodrigo llegué a Zancada, un blog grupal de «cosas de minas». Como en la red las recomendaciones de gente respetable valen oro, me fui a visitar Zancada para ver qué es lo que escriben. Y me encontré con un blog bien hecho y con buenos artículos.

Todo bien. A suscribirse se ha dicho… hasta que llegué a Google Reader. En Zancada, como muchos otros blogs, solo ponen en su RSS parte de sus artículos, y te invitan a » [Seguir] leyendo el resto de la nota en nuestro sitio…». Si solo quisiera leer a Zancada y otros pocos blogs, esto no sería mucho problema. Pero con los más de 300 blogs a los que estoy suscrito y con la lista creciendo todos los días, el tener que visitar cada sitio es poco práctico, por decirlo menos.

Y me pasa con cada vez más frecuencia: cuando me encuentro con una sindicación incompleta, como la de Zancada, me tengo que preguntar si vale la pena visitarlos cada vez que quiero leer un artículo. Y he ahí el problema: no lo sé, porque no los he leído lo suficiente. El RSS incompleto, aunque tentador para el autor porque obliga a los lectores a visitar el sitio (que normalmente tiene la publicidad y otros contenidos), es también una barrera de entrada para el lector de muchos blogs como soy yo.

Cada vez estoy mas tentado a no suscribirme a blogs que tengan sindicación incompleta, a menos que la calidad del contenido haga que ese extra «click» valga la pena. La paradoja, por supuesto, es que es difícil decidir si la calidad lo amerita a menos que uno se suscriba y se de el trabajo de visitar el sitio por un tiempo.

Otra alternativa (la más tentadora) es leer los otros miles de blogs, y ver si Zancada recibe más recomendaciones en el futuro. Tal vez es uno de esos blogs que uno no se puede perder. Por ahora, a esperar a que pongan los artículos completos, y a leer los otros 300 blogs.

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lunes 06 de agosto, 2007

Acuerdo Marco: Microsoft «lo ha hecho bien»

Mientras la conversación sobre el acuerdo marco continúa en los blogs, un comentario que se escucha una y otra vez es que mientras que el gobierno cometió graves errores, Microsoft «lo ha hecho bien» porque el acuerdo le permitirá acceso a nuevos clientes y más utilidades. Pero esta percepción, me parece, es equivocada.

Sin duda, el 9 de Mayo, cuando se firmo el acuerdo, los ejecutivos de Microsoft que participaron en su gestación deben haberse ido a dormir con una sonrisa en los labios, y – sospecho – la expectativa de un atractivo bono como recompensa a sus esfuerzos. Hoy, sin embargo, la situación es distinta: lo que parecía un triunfo que generó aplausos y cero escrutinio hace tres meses hoy ha generado publicidad, pero no de la que le agrada al gobierno o a Microsoft. Y es una atención que, si les creemos a los defensores del acuerdo, ni siquiera había necesidad de generar: todos los elementos del acuerdo ya estaban siendo ejecutados o en etapa de planificación sin necesidad de aprobación del Congreso.

Al firmar el acuerdo, entonces, Microsoft logro que el tema de la estrategia digital esté en boca de muchos estos días (a pesar de la paupérrima y penosa cobertura de los medios tradicionales), y ahora se enfrentan a una sesión en el Congreso donde es de esperar que las voces que nunca fueron invitadas al ministerio de economía tengan la oportunidad de dar su opinión, y donde los diputados podrán obtener respuestas a las preguntas que el Ministro y sus asesores le han sacado el cuerpo por varias semanas.

El equipo de relaciones públicas de Microsoft sabe bien que salir a enfrentar esas preguntas es la mejor estrategia posible. Pero sospecho que se deben estar preguntando si el precio de la firma en el acuerdo será demasiado alto. Una empresa del tamaño del Microsoft se siente muy cómoda en las oficinas de los ministros, donde la conversa es sin duda de compadre a compadre, y el éxito se mide en nuevos clientes para uno, y en titulares para el otro. El foro público de una audiencia en el Congreso, donde pueden haber preguntas incómodas, es harina de otro costal. A todas luces, los últimos acontecimientos son una derrota para la estrategia de Microsoft, que ha sido la de evitar a toda costa la competencia abierta por acceso al sector público. No nos olvidemos: «Es un acuerdo, no es contrato, así que no se necesita pasar por una licitación«.

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domingo 05 de agosto, 2007

Qué Pasa y el Acuerdo Marco

La revista Qué Pasa acaba de publicar un artículo de opinión del académico Carlos Osorio sobre el acuerdo marco (con un débil contrapunto de Angel Jimenez de Luis).

Primero, el artículo propaga un mito conocido:

Por un lado, el gobierno y Microsoft dicen que el acuerdo sólo es un marco de entendimiento en que MS hace una donación a Chile en el contexto de responsabilidad social empresarial y el gobierno se compromete a actuar de contraparte.

¿Pero es esto una donación, cuando se implementarán tecnologías de Microsoft que tarde o temprano requerirán pago de licencias?¿Y considerando que el gobierno se compromete a promover soluciones tecnológicas de Microsoft, y ayudar en su implementación? Interesante es también que Osorio omite elucubrar sobre los costos que conllevan el «compromiso a actuar como contraparte» por parte del gobierno. Tendremos, supongo, que averiguarlo a medida que el acuerdo se vuelva realidad.

Pero no tan rápido, nos dice el Dr. Osorio:

Aquí nace parte del problema. El pacto establece que «nada en este Acuerdo será interpretado como estableciendo una sociedad, joint venture (en Chile, similar a la unión transitoria de empresas), agencia, empleo u otra relación similar entre las Partes» … El acuerdo no obliga a Chile.

Este argumento sigue siendo un misterio para mí. Después de un tiempo (indeterminado) de gestación, la conferencia de prensa anunciando el acuerdo, la firma del ministro en el documento, la defensa del acuerdo en la prensa, etc., ¿hemos de suponer que el Gobierno no tiene intención de cumplir su parte del trato? Eso no suena muy serio.

El artículo continúa arguyendo que el acuerdo fue anunciado, y por lo tanto no hay secreto. Ya contesté este punto, pero vale la pena repetirlo: el publicar el acuerdo es condición necesaria, no suficiente, para considerarlo transparente: es el proceso que lleva a la firma de estos acuerdos el que debe ser justificado, público e incluir a todos los actores relevantes.

El Dr. Osorio insiste en que el acuerdo no implica que el Estado este obligado a usar productos Microsoft. Este punto hay que concederlo, porque nadie le está poniendo una pistola en la cabeza a nadie. Por supuesto (y esto el autor debe saberlo bien), el asunto es más sutil: si una pequeña municipalidad tiene que elegir una solución para un portal en la red, y el Gobierno esta promocionando un producto de Microsoft: ¿Esta seriamente el Dr. Osorio sugiriendo que la dicha Municipalidad no usará esa solución?. Lo mismo aplica a otros puntos del acuerdo.

Y al final, el artículo termina con una lección (gratuita, por suerte) para los críticos del acuerdo:

Esta pequeña tormenta es un botón de muestra de un desconocimiento en el tema que a pocos les pareciera importar. Éste se debe a falta de información, pero, más importante aún, a falta de capacidad y educación para entender tecnología, estrategia y política tecnológica. Lo anterior, unido a la tendencia cada vez más común en Chile de importar la opinología desde la farándula a la política, no augura buenos resultados.

Y el mensaje es claro: debemos entender que las decisiones sobre la estrategia digital del país se las tenemos que dejar a expertos como el Dr. Osorio (que asesoró al gobierno durante la gestación del acuerdo), y que de las cientos de opiniones y reacciones que ha generado el acuerdo no se puede sacar nada en limpio: es farandulismo. Porque no solo somos ignorantes, nos dice este académico, sino que tampoco tenemos la «capacidad» y la «educación» para entender estos temas.

No tengo duda de que el Dr. Osorio es un excelente profesional y que su experiencia nos será muy valiosa a medida que definimos nuestra estrategia digital. Pero creo su artículo traiciona una forma de entender la política pública en que las cosas se hacen a puertas cerradas, despreciando las opiniones de los ciudadanos comunes y corrientes, y asumiendo que un pequeño grupo de tecnócratas, burócratas y empresarios pueden decidir por el resto de nosotros. Esperemos que el Congreso entienda este punto mucho mejor.

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