Re: A 220 pesos de Santiago

No es muy de extrañar que a Christian le esté saliendo humo por las orejas por la discusión del subsidio permanente al Transantiago:

Y es que como si no fuera suficiente injusto que se divida 50-50 el monto entre 6 millones de santiaguinos contra 10 millones de habitantes de regiones; el ministro Cortázar ha dicho que este subsidio permitirá reducir entre $30 y $60 los pasajes provinciales, mientras en Santiago se mantendrá congelado en $380 al menos hasta fin de año, pues de otro modo costaría $600.

O sea, cada santiaguino recibe un subsidio de 220 pesos, 4 veces más de lo que recibirá un iquiqueño, coquimbano, talquino, penquista o puertomontino.

Sin entrar para nada a justificar la suma de errores y negligencia que engendró al Transantiago, creo que se equivoca el Francotirador.

Desde el punto de vista estrictamente económico, y si uno aisla el tema del transporte público, puede parecer injusto que los Santiaguinos (yo no soy uno de ellos) reciban más dinero por cabeza que el resto de nosotros. Pero esta no es una muy buena forma de ver el problema.

Por un lado, el Transporte Público es una de esos problemas que aqueja especialmente a las grandes ciudades. Con la distribución de población de Chile, es natural que ciudades grandes como Santiago, Concepción o Valparaíso reciban más inversión y, potencialmente, más subsidio. Si uno vive en un pueblo pequeño donde solo se necesitan un par de micros, o aún mejor, se puede caminar a todas partes, el problema del transporte se puede solucionar de forma más o menos fácil. En Santiago, lo que ha probado el sistema de las micros amarillas, y ahora el Transantiago (algo que en los países desarrollados saben hace mucho tiempo) es que sin un sistema público de control y buen subsidio, los sistemas de transporte urbanos son simplemente un desastre. Recuerde eso la próxima vez que tome el metro en Nueva York, Londres o París: usted nunca paga el boleto completo.

Por otro lado, hay que considerar que el argumento de Christian se puede dar vuelta fácilmente. Si bien en ese pueblo chico que mencionaba antes el transporte público puede ser fácil de resolver, hay otros problemas muy serios. Digamos que uno quiere construir una posta, un puente o una carretera que preste servicio a un pueblito, que esta en un lugar remoto del país (de los que hay muchos). Un cálculo frío podría mostrar que esa carretera, esa posta o ese puente solo servirá a poca gente, y que por lo tanto construir la misma cosa en Santiago siempre sería más barato si se piensa en costo por habitante. Pero ese cálculo no solo sería frío, sería cruel: sin ese puente, esa posta, o esa carretera, una vida digna y de calidad para todos, que es lo que se supone que estamos intentando lograr, no es posible, y por mucho que cueste más caro (de nuevo, por habitante), es un costo que todos debemos pagar. Es decir, la política pública debe ver más allá de los pesos, y debe incluir en su evaluación el impacto social de los programas que se implementan.

Y solo para repetir, eso no significa que el Transantiago no tenga muchos otros problemas, y que la discusión de cuanto debe ser el subsidio, y como debe ser distribuido no sea completamente legítima. Pero la realidad es que porque sirve a tanta gente, y eso implica problemas de escala que son únicos de ciudades grandes, es razonable que el Transantiago requiera más subsidio por habitante, como es razonable que otros servicios públicos en regiones sean fuertemente subsidiados en otras áreas. Pero los detalles de como se distribuye ese subsidio nos debería preocupar menos que cuáles son las reformas que nos permitan tener un sistema de transporte y de calidad, en Santiago y el resto del país.